Ellas.

Y estaban esos otros días, como cualquier domingo , en donde despertar significada hacerlo con su sabor en mis pensamientos, en donde no podía abandonarla en la irrelevancia de lo nimio o en los terrenos de la indiferencia. En días como esos despierto con esa imagen clara de sus majestuosas nalgas, de ese portento en su anatomía del que nacían las robustas columnas que usaba para desplazarse. Y en mi infinita humildad hacia ellas siempre el caos y el conflicto se hacían presentes al tenerlas la frente, pues no acertaba con seguridad, aunque siempre era conductor del éxtasis, el pasearse sobre las diferentes opciones que para mi tortura y placer se hacían disponibles. Contemplarlas , acariciarlas, besarlas , apretujarlas o escalarlas. Todas estas acciones se me hacían indispensables para hacerlas al unísono o se me convertían, cada una de ellas por separado, en una insoslayable secuencia de rituales a seguir por ser el acólito de su cuerpo.  Así la feligresía compuesta por cada uno de mis sentidos les dedicaban cánticos a través de mi labios al besarlas o alabanzas con las caricias de mis manos . Condena y redención en aquella región de su  geografía personal.

Ella y sus nalgas…

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